Durante la guerra de independencia
hispanoamericana el ejército separatista acuñó el concepto más lamentable aplicado
en una guerra desde el siglo XVII, conocido con el nombre de Guerra a Muerte.
Este decreto fue firmado por el personaje más nefasto de la historia de la
Hispanidad, dejando constancia de su enorme ignominia.
El concepto de “guerra a muerte” se
basa en el exterminio de la población criolla durante la guerra de
independencia de Haití. El militar independentista Antonio Nicolás Briceño se
inspiró en este suceso a la hora de redactar el 16 de enero de 1813 el Convenio de Cartagena:
“En
el nombre del pueblo de Venezuela se hacen las proposiciones siguientes para
emprender una expedición por tierra con el objeto de libertar a mi patria del
yugo infame que sobre ella pesa. Yo las cumpliré exacta y fielmente pues que
las dicta la justicia y que un resultado importante debe ser su consecuencia. […]
Segundo
como el fin principal de esta guerra es el de exterminar en Venezuela la raza
maldita de los españoles de Europa sin exceptuar los isleños de Canarias, todos
los españoles son excluidos de esta expedición por buenos patriotas que
parezcan, puesto que ninguno de ellos debe quedar con vida no admitiéndose
excepción ni motivo alguno; como aliados de los españoles los oficiales
ingleses no podrán ser aceptados sino con el consentimiento de la mayoría de
los oficiales hijos del país.
Tercero
las propiedades de los españoles de Europa sitas en el territorio libertado
serán divididas en cuatro partes, una para los oficiales que hicieren parte de
la expedición y hayan asistido a la primerafuncion de armas haciéndose su
reparto por iguales porciones con abstracción de grados, la segunda pertenece a
los soldados, indistintamente las otras dos al Estado. En los casos dudosos la
mayoría de los oficiales presentes decidirá la cuestión. […]
Noveno
para tener derecho a una recompensa o a un grado bastará presentar cierto
número de cabezas de españoles o de isleños canarios. El soldado que presente
veinte será hecho abanderado en actividad, treinta valdrán el grado de
Teniente, cincuenta el de Capitán, etc. […]”
Este texto deja meridianamente claro
que el ejército separatista estaba dispuesto a cometer un genocidio sobre toda
la población española nacida en Europa. Simón Bolívar y Manuel del Castillo
aceptaron la aplicación del Convenio de Cartagena en la siguiente misiva
escrita en Cúcuta el 20 de marzo de 1813:
“Como
jefes de las fuerzas de la Unión (Nueva Granada) y también de las de Venezuela
que se hallan unidas a aquellas aprobamos las precedentes proposiciones
esceptuando únicamente el artículo segundo en cuanto se dirige a matar a todos
los españoles europeos, pues por ahora solo se hará con aquellos que se
encuentren con las armas en la mano, y los demás que parezcan inocentes
seguirán con el ejército para vigilar sus operaciones, mientras que el Congreso
general de la Nueva Granada a quien se remitirán estos documentos aprueba o no
la guerra a muerte a los nominados españoles, quedando por consiguiente el
artículo segundo sujeto a la misma disposición”
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Firma del Decreto de Guerra a Muerte por Simón Bolívar |
En aquel momento ambos líderes
secesionistas esperaban simplemente que el Congreso de las Provincias Unidas de
la Nueva Granada diera su consentimiento al artículo que especificaba el
extermino de todo español europeo sin distinguir siquiera entre civiles y
militares. Dicho congreso ratificó este artículo siendo la única cámara de representantes de la historia contemporánea en
aprobar oficialmente un genocidio explícito y premeditado. Este vergonzoso
hecho de gravedad extrema resulta todavía más lamentable si se tiene en cuenta
que en la Paz de Westfalia de 1648 se impusieron los límites de las acciones bélicas
tras la Guerra de los Treinta años. Por tanto el Convenio de Cartagena y el
posterior Decreto de Guerra a Muerte supusieron retroceder hasta el siglo XVII
en la forma de tratar a la población civil y los prisioneros en tiempos de
guerra. Una vez obtuvo el apoyo de las Provincias Unidas de la Nueva Granada,
Simón Bolívar declaró el 8 de junio de 1813: “nuestro odio será implacable y la guerra será a muerte”. Posteriormente
el 15 de junio de 1813 firmó el Decreto de Guerra a Muerte:
“[...] Nosotros
somos enviados a destruir a los españoles, a proteger a los americanos y
establecer los gobiernos republicanos que formaban la Confederación de
Venezuela. Los Estados que cubren nuestras armas están regidos nuevamente por
sus antiguas constituciones y magistrados, gozando plenamente de su libertad e
independencia; porque nuestra misión sólo se dirige a romper las cadenas de la
servidumbre que agobian todavía a algunos de nuestros pueblos, sin pretender
dar leyes ni ejercer actos de dominio, a que el derecho de la guerra podría
autorizar [...]
A pesar
de nuestros justos resentimientos contra los inicuos españoles, nuestro
magnánimo corazón se digna, aún, a abrirles por última vez una vía a la
conciliación y a la amistad; todavía se les invita a vivir entre nosotros
pacíficamente, si detestando sus crímenes y convirtiéndose de buena fe,
cooperan con nosotros a la destrucción del gobierno intruso de la España y al
restablecimiento de la República de Venezuela.
Todo
español que no conspire contra la tiranía en favor de la justa causa por los
medios más activos y eficaces, será tenido por enemigo y castigado como traidor
a la patria, y por consecuencia será irremisiblemente pasado por las armas. Por
el contrario, se concede un indulto general y absoluto a los que pasen a
nuestro ejército con sus armas o sin ellas; a los que presten sus auxilios a
los buenos ciudadanos que se están esforzando por sacudir el yugo de la
tiranía. Se conservarán en sus empleos y destinos a los oficiales de guerra y
magistrados civiles que proclamen el Gobierno de Venezuela y se unan a
nosotros; en una palabra, los españoles que hagan señalados servicios al Estado
serán reputados y tratados como americanos.
Y
vosotros, americanos, que el error o la perfidia os ha extraviado de la senda
de la justicia, sabed que vuestros hermanos os perdonan y lamentan sinceramente
vuestros descarríos, en la íntima persuasión de que vosotros no podéis ser
culpables y que sólo la ceguedad e ignorancia en que os han tenido hasta el
presente los autores de vuestros crímenes, han podido induciros a ellos. No
temáis la espada que viene a vengaros y a cortar los lazos ignominiosos con que
os ligan a su suerte vuestros verdugos. Contad con una inmunidad absoluta en
vuestro honor, vida y propiedades; el solo título de Americanos será vuestra
garantía y salvaguardia. Nuestras armas han venido a protegeros, y no se
emplearán jamás contra uno solo de vuestros hermanos.
Esta
amnistía se extiende hasta los mismos traidores que más recientemente hayan
cometido actos de felonía; y será tan religiosamente cumplida que ninguna
razón, causa o pretexto será suficiente para obligarnos a quebrantar nuestra
oferta, por grandes y extraordinarios que sean los motivos que nos deis para
excitar nuestra animadversión.
Españoles
y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes, si no obráis
activamente en obsequio de la libertad de la América. Americanos, contad con la
vida, aun cuando seáis culpables”
A partir de ese momento se inició un proceso genocida contra cualquier español peninsular que no colaborase activamente con
el bando independentista aunque fuera civil y mantuviera una posición neutral,
además de todos los prisioneros de guerra. Los primeros asesinados de la Guerra
a Muerte fueron todos los españoles europeos apresados tras la Batalla de
Agua de Obispo acontecida tan sólo tres días después de la firma del decreto.
El 31 de junio de 1813 son fusilados todos los realistas ibéricos capturados después
de la Batalla de
Taguanes. El 21 de septiembre de 1813 son ejecutados 69 españoles peninsulares sin juicio previo. Se
calcula que para esa fecha el ejército independentista ya había asesinado a
unos 1600 prisioneros realistas por el mero hecho de nacer en la
península ibérica. El 5 de
diciembre de 1813 se produce la Batalla de Araure donde las tropas separatistas
derrotan al ejército realista. Simón Bolívar ordenó ese mismo día la ejecución de
unos 600 prisioneros peninsulares capturados tras la contienda.
Sin embargo la Guerra a Muerte apenas
comenzaba a mostrar su sanguinaria devastación. El 8 de febrero de 1814, Simón
Bolívar ordenó al militar Juan Bautista Arismendi asesinar a todos los
españoles europeos que se hallaban en Caracas y La Guaira con las siguientes
palabras: “En
consecuencia, ordeno a usted que inmediatamente se pasen por las armas todos
los españoles presos en esas bóvedas y en el hospital, sin excepción alguna”. Esta orden incluía a los prisioneros
cautivos en Caracas pero también a los heridos de guerra y enfermos civiles que
se encontraban en el hospital de La Guaira. Se calcula que unas 2000 personas
fueron asesinadas durante los tres días que duró la masacre. Durante ese mismo
mes de febrero, Simón Bolívar ejecutó a unos 800 prisioneros ibéricos en la
ciudad de Valencia. El congreso de las Provincias Unidas de Nueva Granada fue
puntualmente informado de ambos exterminios por el propio Simón Bolívar.
Los horrores de este genocidio
continuaron imparables durante casi 20 años. Fueron tantos los exterminios que
resultan prácticamente innumerables como para poder exponer todos en esta
entrada. Por ejemplo durante el año 1815 fueron asesinados todos los españoles
europeos residentes en Bogotá y Cartagena de Indias (dos de las ciudades más
pobladas de Nueva Granada) por mandato de Simón Bolívar. Tal era la vileza del
máximo líder del ejército independentista que incluso el coronel británico Gustavus
Hippesley dejó constancia de ello: “Bolívar
aprueba completamente la matanza de prisioneros después de la batalla y durante
la retirada; y ha consentido en ser testigo personal de estas escenas infames
de carnicería”
No obstante, Simón Bolívar no era el
único líder secesionista que mostraba su perverso talante. Por ejemplo el
general Francisco de Paula Santander mandó ejecutar a 36 prisioneros realistas
de origen ibérico que habían sido indultados por el propio Simón Bolívar, llegando
a matar también a la persona que le recordó que dichos prisioneros habían sido
indultados. Este general independentista afirmó en una ocasión: “Me complace matar a todos los godos”. El 26 de noviembre de 1820 se firmó el Tratado
de Regularización de la Guerra entre el bando monárquico y el bando
republicano. Este acuerdo debía poner fin a la Guerra a Muerte iniciada por las
fuerzas independentistas en el año 1813. Sin embargo las masacres prosiguieron junto
con los saqueos de edificios, la destrucción de propiedades y las violaciones a
mujeres. Según transcurrió el tiempo las matanzas cometidas por Simón Bolívar fueron aumentando en la medida en que todo civil mínimamente sospechoso de simpatizar con la causa realista era asesinado, sin importar ya el hecho de haber nacido en la península ibérica o en el continente americano. Algunas de estas atrocidades fueron narradas en anteriores entradas
como las sufridas por la población pastusa o los amerindios iquichanos. Tal fue
la barbarie que los asesinatos se extendieron finalmente hasta a los desertores
del ejército independentista. Incluso algunos de los personajes más destacados durante la independencia hispanoamericana fueron ejecutados por orden de Simón
Bolívar como sucedió en el caso de José Prudencio Padilla.
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Celebración del bicentenario del Decreto de Guerra a Muerte en Venezuela. A veces una imagen vale más que mil palabras |
En conclusión las Provincias Unidas de la Nueva Granada ejecutaron a través de Simón
Bolívar un genocidio premeditado en pleno siglo XIX sobre toda la población
española peninsular que se hallaba en Sudamérica sin distinción alguna. Resulta bochornoso que la historia oficialista considere este hecho como circunstancial en un intento inverosímil
por crear una imagen benevolente del proceso independentista liderado por Simón
Bolívar. Un buen ejemplo de ello es que la campaña militar del bando
separatista entre enero y agosto de 1813 se califica con el paradójico nombre
de Campaña Admirable, cuando precisamente esta ofensiva secesionista coincide
en el tiempo con la Convención de Cartagena (16 de enero de 1813) y el Decreto
de Guerra a Muerte (15 de junio de 1813). Tanto es así que después de finalizar dicha
campaña, Simón Bolívar envió una misiva fechada el 14 de agosto de 1813 al
congreso de las Provincias Unidas de Nueva donde afirmaba que “todos los europeos y canarios casi sin
excepción fueron fusilados”. La independencia de Sudamérica fue deshonrosa
tanto por el hecho de sustentarse en un genocidio como por haberse iniciado en
plena guerra peninsular contra la invasión napoleónica. Las diferencias que
actualmente existen entre la América anglosajona y la América hispana se deben
a la suma de ambos factores junto con la sistemática negación y repudio de sus raíces
españolas. Resulta imprescindible hacer una profunda reflexión si realmente se
desea mejorar la situación de Hispanoamérica, pues culpar a los demás (España y
Estados Unidos) de los problemas actuales de la América hispana responde al hecho de no querer asumir ninguna responsabilidad. Me despido como de costumbre pidiendo que os suscribáis al blog y visitéis tanto el perfil de Twitter como el canal de Youtube de Hispanoesfera. ¡Gracias a todos!